martes, mayo 20, 2008

Incendio en la Filarmónica

Una noticia imprevista nos obliga a mantener nuestra atención por la arquitectura. Leo apresuradamente en los periódicos digitales que arde la Filarmónica de Berlín y me lleno de tristeza. El peculiar edificio de Hans Scharoun mantiene la vieja y misteriosa tradición de pavorosos incendios en los grandes teatros de Europa. Cabría recordar aquí, por razones de proximidad, el incendio del Auditorio Manuel de Falla en Granada, que proyectara el gran arquitecto sevillano -maestro de auditorios- José María García de Paredes en 1978 pero que el mismo pudo felizmente reconstruir.
Scharoun, lamentablemente, no podrá hacerlo: ni siquiera vivió la reconstrucción de este nuevo Berlín unificado que tanto cautiva a los viajeros más exigentes.
Tuvo este famoso arquitecto alemán, quien proyectara en su juventud la reconocida Casa Schminke, debilidad por los grandes auditorios y teatros. La peculiar figura del edificio se alzaba como una seña de identidad que antaño enfrentaba el viejo muro de la discordia. Nunca tuve esta perspectiva pero debió ser, desde el otro lado, una especie de grito de tímida esperanza. Su obra ganó con el tiempo y demostró que lo importante, como enseña la mejor arquitectura, debe encontrarse en el origen de las cosas, en un interior que debe moldear su aspecto y adaptarlo al entorno, buscar una sintonía cada vez más necesaria entre el hombre, la naturaleza y la técnica.
No hace mucho tiempo recordábamos que el Patrimonio Histórico se sigue construyendo cada día. Esta obra de comienzos de los sesenta contaba ya con el aval y la fuerza de la historia. Confiemos en que las llamas no puedan oscurecer su ejemplo.

domingo, mayo 11, 2008

El cementerio de Fisterra

Leo en la prensa que el aclamado Cementerio de Fisterra que proyectara el gran arquitecto pontevedrés Cesar Portela (recomiendo su espléndida página en la red) es un edificio muerto. Diez años después de su construcción, nadie ha sido enterrado allí y se encuentra rodeado de un ingrato e incomprensible abandono. Esos delicados cubos, armoniosamente tendidos en la ladera verde que enfrenta el mar siguen desnudos. Hemos dicho edificio porque, en su sentido gramatical, edificio es toda construcción fija y resistente para habitación humana y humana es la memoria que procuramos guardar entre sus muros.
No comparto, sin embargo, la idea periodística de su mortandad. Al margen de la tristeza que produce esta falta de aprecio hacia una maravillosa obra arquitectónica funeraria, quizá la más señalada que haya podido ver en España, la desidia oficial ha convertido el Cementerio de Fisterra en un edificio más vivo y señalado que nunca, en un amplio cenotafio que enfrenta una de las grandes orillas de la historia.
En los años en los que viví en Galicia, visité Fisterra y pude verlo frente a un temporal que lo encendía como la intensa luz del vecino Faro alzado en el inmenso lomo del Cabo. Allí escribí algunos versos, siguiendo la estela de mi admirado Luís Pimentel y su extraordinario Barco sin luces.

Sí, he soñado lugares como este:
Sobre la luz de octubre
flota el mar y se esconde un horizonte
turbio como ese tiempo que nos queda,
luz ceniza en las aguas, vientos fríos
y un mensaje de espumas que nos dice
que la vida es fugaz y necesaria.
Faro azul de Fisterra
yo he dormido en tus brazos
recordando los dedos de la aurora
en las añiles rocas.
Faro azul de Fisterra son tus voces
luminosas y exactas y penetran
nuevamente en la noche, ya conoces
mi afán por preservar las ilusiones,
por mantener la calma
y sabes como cruzo
cada noche las sigilosas aguas
cuando cierro los ojos.
Faro azul voy buscando
tu ejemplo de entereza,
navegando en el aire de nadie,
devorando un silencio
ausente de los hombres.
Faro azul que me enseñas
la respuesta sin nombre,
la oración de Fisterra.


Ahora, este Cementerio de Fisterra, en su exacta soledad, es el mejor homenaje que pudiera alzarse a la Costa da Morte y a todo cuanto significa esa esquina del mundo que parece pertenecer mas que a los hombres a las criaturas del mar y a la que todos, con mayor motivo, deberíamos volver.

sábado, abril 26, 2008

De Tempelhof a Toncontín

Según refiere un abrumado taxista turco en un suculento reportaje de prensa publicado hace pocos días, resulta casi imposible soportar el ruido que genera la presencia del famoso aeropuerto de Tempelhof en el centro de Berlín y considera que no es aceptable que sea el último aeropuerto operativo sobre el centro mismo de una gran ciudad. Ello ha determinado que las autoridades locales hayan celebrado un referéndum para hacerlo desaparecer, aunque manteniendo la engañosa grandeza del edificio del que fuera primer aeropuerto del mundo en los oscuros años del nacional socialismo (nada menos que hasta 92 vuelos diarios antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial).
El taxista turco solo tiene razón en parte: Conozco otro caso de aeropuerto tan céntrico sobre una gran ciudad, tanto que agachan la cabeza los usuarios del autobús al escuchar el zumbido de los aviones. Hablo de Toncontín, el sacrificado aeropuerto de Tegucigalpa. Se pueden ver en la red varios videos que explican su dificultad, casi una metáfora de las muchas asperezas que asolan los pueblos centroamericanos y de su admirable certeza por persistir. La vieja Terminal de Tempelhof, la madre de todos los aeropuertos según Norman Foster, cerrará el próximo 31 de octubre. Es otra buena excusa para visitar Berlín procurando aterrizar en sus pistas, quizá las más importantes en la historia de la aviación civil, las del famoso Puente Aéreo que marcó el destino de Europa a lo largo de 50 años de tensiones. Toncontín, tan olvidado fuera de la región, está cerrado porque el humo blancuzco de los numerosos incendios forestales que rodean la ciudad no solo dificulta la respiración sino que impide casi completamente la visibilidad. Aquí nadie se plantea cerrarlo, solo se suspira porque pueda abrirse lo antes posible. El ruido, aunque molesto, es secundario. Es demasiado valioso para el presente y le quedan muchas horas de servicio a este pedazo de tierra hondureña antes de descansar y convertirse, acaso, en algún centro comercial.

martes, abril 22, 2008

Palabras envenenadas

Hace un par de semanas, el Consorcio del Parque de las Ciencias de Granada tuvo la deferencia de invitarme a dar una breve conferencia sobre el veneno con motivo de la clausura de una interesante exposición anunciada bajo el título Veneno Animal. Al margen del problema penal, clásico como pocos y de los interesantes rasgos criminológicos de este crimen alevoso: Proximidad extrema con la víctima, beneficio material o moral de la muerte, certeza casi absoluta del que va a ser asesinado, compensación de la inferioridad física y facilidad para producir una muerte sin rastro, procuro detenerme en otras formas de envenenamiento moral.
Históricamente, el veneno de las palabras ha encontrado un cauce especialmente siniestro en el proceso. Hace unos días, traía a colación el famoso libro de Alessandro Manzoni, publicado en 1842, Historia de la columna infame que me descubriera en nuestros años de universidad el historiador Jesús Vallejo. El libro del senador que presidiera la comisión para la unificación de la lengua italiana, trata sobre la tortura y la delación, sobre la tragedia de los testimonios histéricos o inducidos, sobre la confesión arrancada mediante la forma más estricta de crueldad y sobre la insoportable presión que la opinión publica, debidamente agitada, puede producir sobre el sano criterio de los jueces.
La terrible peste desatada en Milán en 1630 y el recuerdo de la columna infame que fue erigida en la ciudad para ignominia de un pobre barbero y de un comisario de sanidad que resultaron condenados a sufrir un atroz tormento antes de su ejecución, tras una denuncia absurda de una torpe mujer que dijo haberlos visto untar de madrugada las paredes con una nauseabunda ponzoña para envenenar la pueblo, nos sigue perturbando por su claridad y por su rigor y porque disemina en nosotros el veneno del miedo. Es cierto que los años de la Ilustración demolieron la injusta columna pero también lo es que el temor de la manipulación aún sigue presente en las noches del mundo.

viernes, abril 11, 2008

Desde Skopje hasta Ohrid

Las ciudades recónditas nunca lo son realmente, lo son solamente para nosotros y tampoco son nunca como las imaginábamos. La realidad, sin embargo, persiste y ejerce una curiosa fascinación porque al final contradice a nuestra propia convicción inicial. La ciudad no era recóndita ni era como queríamos imaginarla: era como la imaginábamos realmente aunque una parte de nosotros se negaba a reconocer la verdad. La noche cae sobre Skopje con suavidad y el río cierra sus puertas apartando el barrio turco donde habitan los albaneses del resto de la ciudad a través del pequeño puente de piedra. Una pequeña urbe dividida por el abismo racial siempre siente el peso invisible de una amenaza, por pequeña que sea, para afrontar el futuro. Quizá por eso aprovechamos nuestro descanso para emprender el famoso camino hacia Ohrid por una vieja carretera que se va jalonando de altivos minaretes que nos conducen -y ello produce una cierta extrañeza- al sueño cristiano de contemplar las iglesias ortodoxas que se asoman al maravilloso lago que separa Macedonia de Albania. Frente a una de las estratégicas residencias del mariscal Tito, estremece la pequeña Iglesia de San Juan Evangelista, apoyada sobre un pequeño abismo sobre el cristal del agua. Como las apreciadas perlas de Ohrid, estas iglesias se han convertido en una delicada joya digna de la mayor atención: Tienen esa persistencia de Bizancio que las convierte en una de las doradas y frágiles bisagras del mundo.
Pocas cosas más sugerentes para reflexionar que una breve misión oficial en los Balcanes.
Aquí las conversaciones se impregnan de esta misma lucidez que reposa en la intensa mañana.

domingo, marzo 23, 2008

Jarrapellejos o la denuncia del drama social. Introducción

No es frecuente en la literatura española una plasmación extensa o pormenorizada del drama judicial. Las aportaciones que nos ha legado nuestra tradición novelística rara vez contienen la descripción propia del proceso y en aquellas novelas en las que se hace[1], se percibe un meditado deseo de evitación a la hora de narrar los pormenores del Juicio Oral o de otras actuaciones judiciales más señaladas de la instrucción sumarial.
Ciertamente, la novela naturalista de corte social que se extiende en la primera parte del siglo XX, justamente durante los años de la Dictadura de Primo de Rivera y hasta el estallido de nuestra Guerra Civil, primordialmente procura un cambio en la mentalidad española de su tiempo para combatir los excesos del capital y del latifundio mostrando, en muchas ocasiones, el sometimiento de la Administración de Justicia al poder que representaba el caciquismo y la utilización perversa del proceso como una de las formas más crueles de dominio social[2]. Lo que cabe percibir en esta tendencia de nuestra literatura, probablemente la más judicializada de nuestra historia es, en definitiva, una continua plasmación de las razones y de los rigores del proceso, que aparece continuamente referenciado como la génesis de la tragedia pero no del proceso mismo en su desarrollo o en su representación pública. El Juicio Oral o, más propiamente, la incorrecta y desigual aplicación de la ley penal, sirve eficazmente a la novela porque presenta con mucha nitidez aquellos arquetipos morales que expresan el drama de la injusticia social y el descalabro de la ley frente a los continuos abusos del poder.
Aunque existe una cierta continuidad en la percepción de estas ideas tras la Guerra Civil, como lo acredita la publicación en 1942 de la novela de Camilo José Cela (1918-2002) La familia de Pasqual Duarte o, mucho más tarde, en 1982 y por Miguel Delibes (1920) de Los santos inocentes, ambas desarrolladas al igual que Jarrapellejos en Extremadura, la tendencia no se corrige y, quizá por razones ya puramente políticas, persiste esta ausencia del proceso en la descripción de los hechos literarios.

Con el paso del tiempo, sin embargo, esta carencia nos resulta cada vez más extraña e inexplicable ya que, en cierto modo, la presencia de la justicia penal en la vida pública española es más que patente y, en buena lógica, debiera promover una continua y profunda reflexión entre nuestros autores, máxime si aceptamos que el proceso se configura como un serio exponente, tantas veces vivido, de alguna de las mayores dificultades a las que ha tenido que enfrentarse el sistema democrático durante los años de la llamada Transición Política y desde la promulgación de la Constitución de 1978.

En realidad, sigue llamando poderosamente la atención que el único género artístico en España en el que se ha sostenido una continua referencia argumental y no interrumpida con el proceso penal y con todas sus contradicciones y excesos, es justamente un arte en gran medida anónimo, como ocurre conn la confección de las letras en el arte flamenco y como lo acredita alguna reciente y expresiva aportación bibliográfica de indudable valor[3].

A título de ejemplo y como breve paréntesis, cabría recordar que, de hecho, el proceso penal mejor y más pormenorizadamente descrito de un tribunal español no es una obra española sino que sigue siendo el curioso trabajo del gran escritor italiano Alessandro Manzoni, precisamente nieto del gran penalista Cesare de Beccaria, conocido como La Historia de la columna infame al descubrir la terrible injusticia perpetrada en el famoso proceso seguido en 1630 y en el Milán sometido a la corona española, para perseguir a los llamados embadurnadores o untadores, injustamente acusados por informaciones de reos sometidos al tormento, de embadurnar las calles de una ponzoña y propagar una peste mortal en la ciudad italiana y que se ha convertido en una obra de referencia para explicar el gran peligro del proceso inquisitivo, de la tortura sistemática, del temor de los jueces al juicio popular y de los testimonios histéricos o inducidos[4].
No encontramos, sin embargo, suficientes razones legales para esta situación. Desde la promulgación de nuestra centenaria Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1881, obra del ministro relativamente liberal Manuel Alonso Martínez, no puede decirse que no existan en España vistas judiciales con la garantía de la audiencia pública y cargadas, justamente por ello, de la dramatización suficiente para su descripción literaria. También tienen lugar grandes procesos históricos vinculados a la convulsión social o la persecución política, grandes crímenes o hasta fenómenos delictivos endémicos, fruto de nuestra historia y que aparecen trufados de un intenso e inspirador romanticismo y proclives a la fantasía literaria, como ocurre con el bandolerismo andaluz fatalmente coronado, en bastantes ocasiones, por el rigor del patíbulo.
Esta franca escasez de una literatura judicial es perfectamente trasladable a nuestra cinematografía[5] en la que, a salvo de honrosas excepciones, apenas si encontramos ejemplos de un verdadero cine judicial.
Antes de proseguir, quizá, habría que establecer qué deba entenderse por tal cine judicial porque es obvio que no debe indentificarse, sin más, con la mera descripcion de unos hechos con una posible relevancia penal o jurídica: Esto ocurre en la mayor parte de la cinematografía porque el delito es, sin lugar a dudas, su mayor fuente de inspiración. En mi opinión, el cine judicial es aquel que adapta el curso narrativo de la historia al cauce material del proceso, aquel que representa los trámites judiciales como la parte interna de la trama y no como un paisaje de interiores que es utilizado por el guionista o el realizador como un mero recurso, aquel que sostiene durante una dilación temporal suficiente y no como una simple anécdota, el debate judicial hasta el punto de identificarse con la propia dramatización que procura el proceso. Lo que tiene lugar, en definitiva, es una superposición de narraciones, una multiplicación de lo representado a través del rito legal, una observación de lo que ya es observado por las partes que están presentes en el litigio, por el propio investigador judicial o incluso por el público de la sala, por los jueces o hasta por los jurados.

Otra pregunta importante sería la de considerar si este llamado cine judicial es necesarimente un cine del estrado. Parece que no, que cabría sostener esta misma naturaleza cuando la trama discurre también sobre el curso de la investigación criminal siempre y cuando se realice, cuando menos parcialmente, en el interior de instituciones de perfil netamente jurídico, ya sea desde una instancia judicial o desde la fiscalía[6]. La coronación dramática del Juicio Oral vendría a ser, en estos casos, una culminación apropiada para desatar la intriga, para trasladar al espectador la posición de los protagonistas y para promover una nueva reflexión sobre el acierto o la injusticia de la sentencia que parece ajena a las propias dimensiones de la historia.

Desde esta perspectiva, como ya hemos señalado, apenas encontramos ejemplos en el cine español. De hecho, los títulos que son habitualmente citados, como ocurre con la recopilación realizada por el abogado Emilio González Romero, no se refieren estrictamente a las actuaciones judiciales que transcurren en el Juicio Oral o durante el proceso previo de investigación criminal sino a diversos aspectos periféricos del trasfondo judicial. Así ocurre, en mayor o menor medida y quizá con la excepción de El clavo de Rafael Gil (1944) con El Verdugo de Luis García Berlanga (1963), la curiosa Cuerda de presos de Pedro Lazaga (1955) o, más recientemente, con El crimen de Cuenca de Pilar Miró (1977), Pascual Duarte (1975), de Ricardo Franco o con la propia Jarrapellejos que analizaremos brevemente en esta ponencia. Sólo podemos recordar como un verdadero cine de estrados español, al margen de alguna irregular o acertada serie televisiva[7], la dura experiencia documental de la película De niños realizada por Joaquim Jordá (2003) y en la que se reproduce parcialmente el juicio de pederastia seguido tras la conocida investigación policial que tuvo lugar en el Barrio del Raval de Barcelona[8].

Al margen de la legislación procesal, tampoco parecen existir razones puramente materiales para abonar esta carencia. Contamos con grandes edificios históricos que conservan espléndidas Salas de Justicia en un buen estado de conservación[9], en las que han sido juzgados sucesos de suficiente entidad para su narración literaria o cinematográfica y contamos con una iconografía propia y bastante antigua que permite, con una cierta facilidad, la ambientación necesaria y un cierto lucimiento estético.

Esta ausencia de lo judicial en nuestra literatura y en nuestro cine puede obedecer a distintas razones, algunas de naturaleza eminentemente procesal, pero no deja por ello de resultar paradójica, ni deja de sorprender que no haya sido compensada, como ya hemos señalado, por nuestros creadores actuales en los últimos treinta años y tras la vigencia de la Constitución de 1978[10] y el afianzamiento de un régimen de libertades.
Al margen de una clara tendencia que ha mostrado nuestra jurisdicción para no verse sometida al rigor de la crítica cinematográfica, quizá a consecuencia de un cierto instinto corporativo que asocia, de forma errónea, como una agresión institucional cualquier alusión negativa al trabajo judicial y al margen, de otra parte y como señala Eduardo Torres Dulce, de esa falta de estructura de género del cine español, como algunas razones para esta carencia podríamos señalar las siguientes:
  1. Cierto hieratismo del proceso penal español en la fase de Juicio Oral. Efectivamente, a pesar del carácter eminentemente retórico del plenario que promueve, conforme a lo prevenido en nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal, la declamación oral y sin notas, el frecuente carácter colegiado de los tribunales, la quietud física de las partes, la falta de límites temporales en los interrogatorios e informes y el aire rituario y formal de los juicios con una cierta trascendencia pública, no hacen cómodo el discurso cinematográfico.

  1. Esta falta de dinamismo escénico es también patente en la irregular arquitectura judicial española que resulta, por regla general, muy poco apropiada al establecer una excesiva distancia entre el estrado, las partes y el público, así como otras dificultades puramente visuales o auditivas que aún resultan patentes en los tribunales de justicia españoles, junto con la habitual hostilidad para la presencia de las cámaras en las sesiones del Juicio.
  1. La falta de una suficiente tradición juradista en España que, tras su restauración en 1995 con un modelo de clara inspiración anglosajona, sigue contado con una firme oposición entre los órganos jurisdiccionales competentes y por razones de índole práctico. En cualquier caso, los escasos ejemplos utilizados por el cine español, se asocian en varias ocasiones al Tribunal del Jurado como ocurre con el Crimen de Don Benito o el Crimen de Cuenca.
  1. La vigencia de un cierto principio de ocultación de los propios errores muy presente en la historia judicial española, junto con grandes carencias materiales que la han privado, en muchas ocasiones y al margen de los grandes edificios monumentales, de un escenario adecuado o decoroso para la dramatización del proceso.
  1. La opacidad informativa propia de aquellos sistemas procesales con una regulación insuficiente de la reserva sumarial y con especiales dificultades para resolver el problema de la lentitud de los procesos penales.
  1. La falta de libertades durante largos períodos de los siglos XIX y XX con un marcado acento autoritario y de un sistema de rígida censura previa, muy poco proclive a permitir la crítica social o política a través de la descripción judicial.
  1. La escasa o nula publicidad del proceso durante el franquismo y hasta fechas muy recientes y ello a pesar de la tajante proclamación del artículo 680 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que, como podemos recordar, nos señala que los debates del juicio oral serán públicos, bajo pena de nulidad. Se ha percibido con frecuencia y existen algunos ejemplos muy recientes, una dificultad artificial y un tanto excesiva para la grabación de imágenes de Juicios Orales. La falta de un acceso visual suficiente a la información judicial determina una búsqueda del relato sobre las pesquisas policiales previas al juicio o sobre su resultado posterior, apareciendo el curso judicial de los hechos como una especie de paréntesis invisible e inquietante que siempre sigue un proceso lógico que podemos obviar y al que sólo se alude como presupuesto en la narración de los hechos.

Ha existido en España, por último, con especial intensidad, la percepción de que el lenguaje del poder judicial ha sido construido como un sistema misterioso, propio de iniciados y profesionales[11]. Parece reproducirse por ello, una y otra vez, entre los cineastas españoles un cierto temor a perder el pulso narrativo o a no saber mostrar, quizá, la intensidad dramática del debate por culpa de la jerga judicial o, tal vez, un temor a importunar mas de lo necesario a quienes desempeñan habitualmente labores para la defensa, acusación o enjuiciamiento de los hechos.
Podemos señalar que el cine español, por tanto, se erige como un claro ejemplo continuado del cine judicial sin juicio en el que los vapores del proceso se dejan sentir en la trama pero sin una visualización directa de las actuaciones producidas en los estrados[12].


[1] Resulta de gran interés el trabajo Medio Rural y Justicia (Literatura social reformista en España 1914 a1925) del profesor de la Universidad de Málaga JOSE CALVO GONZÁLEZ, ponencia del II Coloquio del Instituto Jurídico Interdisciplinar de la Facultad de Derecho de la Universidad de Porto, Coimbra Editora, Coimbra 2005, volumen I, donde pueden consultarse, en especial, las páginas 37 a 86.

[2] Junto a Felipe Trigo, destaca la obra de otros novelistas como JOSE ORTEGA MUNILLA, fallecido en 1922, quien aborda desde una perspectiva social la utilización del proceso penal en novelas como El tren directo (1881) o el El paño gordo. Crónica de un villorio en 1890 (1914).

[3] Aunque existen muy pocas recopilaciones, quizá ninguna de esta naturaleza, cabría reseñar Flamenco de Ley obra reciente del periodista FRANCISCO ESPÍNOLA VAQUERO y en la que se recopilan hasta un millar de letras flamencas sobre la Administración de Justicia, libro publicado por la Consejería de Justicia y administración Pública de la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada, Granada, 2007.

[4] Existe una versión del libro en la Colección Libro Amigo con una nota de LEONARDO SCIASCIA de la Editorial Bruguera, Barcelona, 1984.

[5] Resultan dificiles de recordar páginas de nuestra literatura o imágenes de nuestro cine en Salas de Justicia. Una de las pocas aportaciones cinematográficas aparece en la famosa comedia de LUÍS LUCIA, Morena Clara (1954) basada en la obra homónima de ANTONIO QUINTERO y PASCUAL GUILLÉN que ya había sido llevada al cine por FLORIÁN REY en 1936 y en la que las actuaciones de FERNANDO FERNÁN GÓMEZ como Fiscal de la Audiencia de Sevilla cobran un aire de parodia hilarante y castiza sobre el formalismo judicial y su dificultad de reconocer la verdadera realidad social de la pequeña delincuencia. Ni siquiera la aportación, mucho más reciente, de un drama de origen netamente judicial como las dos partes de El Lute: Camina o revienta (1987) o El Lute: Mañana seré libre (1988), ambas de VICENTE ARANDA y con guión parcial y autobiográfico del propio Eleuterio Sánchez, refieren imágenes de cualquiera de los procesos a los que se alude en la película que se introducen en la agitada trama leyendo, por ejemplo, el fallo de alguna de las sentencias dictadas por tribunales territoriales como la Audiencia Provincial de Badajoz.

Cabría preguntarse si esta carencia puede trasladarse, en términos generales, al cine europeo y la respuesta parece ser afirmativa. Si cabe reflejar, quizá, la existencia de un cine judicial hecho por europeos pero producido en los Estados Unidos como ocurre con La caja de música (1989) de CONSTANTIN COSTA GAVRAS o con algunos clásicos de ALFRED HITCHCOCK como El proceso Paradine (1947).

[6] Podríamos citar como ejemplo La hoguera de las vanidades (1989) de BRIAN DE PALMA, basada en la famosa novela de TOM WOLFE y en la que cobra un peso esencial la investigación de los fiscales.

[7] Merecería destacarse la serie La huella del crimen, producida por PEDRO COSTA MUSTE para la RTVE y realizada en dos fases, la primera en 1985 y la segunda en 1991. Su calidad está avalada por directores que realizaron hasta un total de doce capítulos: JUAN ANTONIO BARDEM, VICENTE ARANDA, ANGELINO FONS, PEDRO OLEA, RICARDO FRANCO, PEDRO COSTA, RAFAEL MOLEÓN, ANTONIO DROVE e IMANOL URIBE.

[8] Puede consultarse el libro del abogado EMILIO GONZÁLEZ ROMERO titulado Otros abogados y otros juicios en el cine español publicado por Laertes en 2006.

[9] Como ejemplo, el Palacio de la Real Chancillería de Granada, ubicado en una zona urbana de extraordinario ambiente monumental y actual sede del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, que alberga un tribunal territorial de forma ininterrumpida desde 1505, durante más de quinientos años y sin apenas modificaciones en su estructura.

[10] El Fiscal y crítico de cine EDUARDO TORRES DULCE LIFANTE respondía a la pregunta sobre las razones de la falta de exponentes en España de un cine judicial de la siguiente forma: Porque el cine español siempre ha tenido poca estructura de género, y porque durante la época franquista estos temas de índole judicial no hubieran pasado la censura. También, porque actualmente, uno de los defectos que tiene el cine español es que conecta muy poco con la realidad de lo que sucede en el país, y porque la estructura del proceso judicial español lo hace mucho menos ágil desde el punto de vista cinematográfico que el americano. Entrevista publicada en el El Norte de Castilla en fecha 11 de febrero de 2007 en la edición de Palencia.

[11] JESUS VICENTE CHAMORRO, epílogo al libro El Crimen de Don Benito de JOSE MANUEL VILABELLA GUARDIOLA , Albia, Madrid, 1983.

[12] Un apreciado ejemplo de este cine judicial sin juicio sería la excelente y sobria The Winslow boy (1999) de DAVID MAMET y basada en el clásico de la escena britanica de TERENCE RATTIGAM. Precisamente este origen teatral puede ser una de las causas de ese inteligente distanciamiento del estrado, en un famoso juicio sobre el honor de un joven alumno del Colegio Naval de Osbourne, expulsado del centro tras ser acusado de robar un giro postal de cinco chelines en la Inglaterra de comienzos del siglo XX. Esta obra ya había sido llevada al cine por ANTHONY ASQUITH en 1948 y con el título en castellano de Pleito de honor con referencias explícitas al juicio.

domingo, febrero 17, 2008

¿Qué cabe esperar?

Hace algunos años, en otra época bastante agitada, tuve la fortuna de hacer un largo viaje leyendo el excelente ensayo del profesor Pablo Francescutti, Historia del futuro. Nos enseña este libro que la preocupante previsión del mañana, por muy documentada que parezca, suele y hasta debe equivocarse. Tal vez, sin embargo, lo que ocurra es que no sabemos mirar el presente con los ojos de la verdad. O tal vez que la prospectiva sirva más para explicar los confusos intereses de cada presente que el abismo incierto del futuro.
Participaba la otra noche en un multitudinario acto académico organizado por la Universidad Hispalense que procuraba preguntarle a dos juristas apresurados ¿Qué cabe esperar? Recordé entonces el divertido libro de Francescutti y expuse, entre otras ideas, la variedad de los temores que acechaban a los europeos en las décadas precedentes. El miedo al peor totalitarismo, como lo plasmara la genialidad del comprometido Orwell en su antiutopía 1984, terminó por desvanecerse y convertirse en referencia de subproductos televisivos. El miedo a la amenaza exterior, en los esperanzados años de la carrera espacial y la mejor literatura de ciencia ficción, se agiganta con los avances de la física y el mensaje de los magufos pero inspira más ternura que verdadera preocupación. El miedo a la hecatombe nuclear sigue presente entre nosotros aunque un tanto desdibujado por la proximidad de otras amenazas más próximas y efectivas. El verdadero temor entre los europeos, ahora y al margen de los avatares de la economía, parece concentrarse de tal modo en el miedo al cambio climático que monopoliza toda nuestra inquietud.
Nadie puede ignorar cuanta verdad esconden todos estos temores, pero lo peor suele traicionarnos desde una forma de oscuridad que, sin darnos cuenta, ya habitaba junto a nosotros. El peligro real acecha escondido en su normalidad, en su curso trivial y nos confunde con sus furiosos señuelos. Ahora, el cambio climático requiere toda nuestra atención pero no olvidemos que este fundado peligro no es más que el síntoma de otra enfermedad mucho mayor: La falta de respeto a la legalidad, a los valores del derecho, al imperativo de la igualdad.
El verdadero temor, les dije a los alumnos que me escuchaban, se encuentra en la posible quiebra de nuestros derechos más esenciales, un peligro tan próximo que casi ha terminado por parecernos casi normal, un peligro mucho más cercano y rápido que ese angustioso caos que nos muestran las imágenes de archivo de cualquier cadena de televisión. No olvidemos, en definitiva, que el cambio climático también afecta al delicado clima de nuestros derechos